¿Qué son los therians? Identidad, evolución o pasado.
Spoiler: los humanos somos animales. No en plan metáfora intensa, sino biológicamente hablando. Pertenecemos al reino animal, compartimos estructuras cerebrales con otros mamíferos y nuestra conducta está profundamente moldeada por procesos evolutivos que también existen en otras especies.

Entonces cuando hablamos del fenómeno de los therians —personas que sienten una conexión profunda con un animal como parte de su identidad— la conversación se vuelve mucho más interesante si partimos desde ahí: no somos los únicos animales que pueden adoptar comportamientos de otras especies.
La gran diferencia está en cómo lo interpretamos.
Los humanos no somos los únicos que “actúan como otra especie”
En el reino animal hay múltiples ejemplos de conducta interespecie. No implican identidad simbólica como en el caso humano, pero sí demuestran algo clave: la conducta es plástica.
Uno de los casos más famosos es la impronta (imprinting), estudiada por el etólogo Konrad Lorenz. Lorenz demostró que gansos recién nacidos podían seguir al primer ser que vieran —incluso un humano— como si fuera su madre. No cambiaban de especie, pero su comportamiento social se adaptaba completamente.

También existen perros criados entre ovejas que adoptan dinámicas de rebaño, inhibiendo conductas depredadoras. Gatos socializados desde pequeños con aves pueden dejar de cazarlas.
En primates, investigaciones asociadas al trabajo de Jane Goodall demostraron que distintas comunidades de chimpancés desarrollan tradiciones propias en el uso de herramientas. Eso es cultura animal.

Incluso el lyrebird (ave lira) puede imitar sonidos humanos y mecánicos con una precisión que parece glitch del sistema.
Conclusión: la adaptación conductual no es exclusiva de los humanos.
Entonces, ¿qué hace diferente a los therians?
La clave está en la identidad narrativa y simbólica.
Los humanos tenemos una capacidad avanzada de autoconciencia. Nuestro cerebro no solo actúa: construye relatos internos sobre quiénes somos. Podemos integrar símbolos dentro de nuestra identidad.

Un lobo criado con perros puede comportarse como perro. Pero no existe evidencia de que conceptualice “soy perro” como narrativa estable.
El psiquiatra Carl Jung hablaba de los animales como arquetipos del inconsciente colectivo: símbolos que representan fuerzas internas, instintos o rasgos psicológicos. Desde esta perspectiva, identificarse con un animal puede ser una manera contemporánea de integrar un arquetipo dentro del yo.
No necesariamente como metáfora consciente, sino como experiencia profunda de identidad.
Raíces ancestrales: esto no es nuevo
La idea de conexión humano-animal no nació en TikTok.
En Mesoamérica existía el nagualismo, donde cada persona tenía un vínculo espiritual con un animal. En tradiciones chamánicas siberianas y de pueblos originarios de América del Norte, la transformación simbólica en animal era parte de la cosmovisión.

Durante milenios, los animales representaron fuerza, vuelo, sigilo, resiliencia. La frontera entre humano y animal no era tan rígida como en la modernidad occidental.

En ese sentido, el fenómeno therian puede entenderse como una expresión contemporánea de algo ancestral: la necesidad humana de encontrar significado a través de símbolos naturales.
¿Qué dice la ciencia sobre los therians?
Desde la biología, no existe evidencia de que un humano pueda ser otra especie en términos genéticos o neurológicos.
Desde la psicología, la identidad es flexible y se construye a través de narrativa, símbolos y experiencias. Nuestra corteza prefrontal y nuestro lenguaje nos permiten integrar conceptos abstractos dentro del autoconcepto.
Lo que sí sabemos es que:
No somos los únicos animales con plasticidad conductual. No somos los únicos con cultura o aprendizaje social. Pero sí somos la especie que convierte experiencia en identidad simbólica estable.
Más que rareza, una conversación sobre identidad
El fenómeno de los therians no demuestra que humanos y animales sean biológicamente intercambiables. Lo que revela es algo más profundo: la identidad humana no es rígida.
Vivimos en una época donde cuestionamos categorías fijas —género, roles, estructuras sociales— y también exploramos nuevas formas de describir quiénes somos.

Tal vez el punto no es decidir si es extraño o no, sino entender qué nos dice sobre nuestra necesidad de pertenencia, conexión y significado.
Porque aunque hayamos construido ciudades, algoritmos y redes sociales, seguimos siendo animales con capacidad simbólica. Y eso cambia toda la conversación.
