Salvador Suárez: contar historias como acto íntimo
Entre la familia, la nostalgia y las primeras —y últimas— veces
En un mundo creativo marcado por la prisa, las métricas y la sobreexposición, Salvador Suárez elige otro camino: el de la observación íntima, los vínculos familiares y las emociones que habitan en lo cotidiano. Escritor y director audiovisual con una trayectoria que cruza la televisión, el cine, el teatro, la comedia y la publicidad, su trabajo no busca el golpe espectacular, sino la conexión honesta.

Desde proyectos como Enloqueciendo Contigo, Backdoor, Navidad en Vivo o Supertitlán, hasta el próximo estreno de su documental ¿Cómo se cura un corazón roto?, Salvador ha construido una carrera que dialoga constantemente con la vulnerabilidad, la intuición y el riesgo creativo. Para la portada de Zero Magazine Mx, hablamos con él sobre su proceso, sus obsesiones, el dolor como motor y las historias que todavía no está listo para contar.
Por: El Poderoso Dave
Talento: Salvador Suárez
Foto: Juan Bautizta
Styling: Miroslava Styling
Grooming: Maggie Muah
Agencia:Emirec
PR: Yanko Bribiesca
Has trabajado en televisión, cine, teatro, comedia y publicidad. Si hoy tuvieras que presentarte sin mencionar ningún título profesional, ¿cómo te definirías y por qué?
Como un ser humano muy afortunado. En un mundo tan complejo, puedo dedicarme a algo que me apasiona y compartir mi vida de cerca con mis amigos y mi familia.

¿Recuerdas el primer proyecto donde sentiste: “ok, aquí ya no estoy jugando a crear, esto va en serio”?
Siempre he sido muy intenso, así que desde mis cortos de universidad sabía que ahí estaba mi pasión. Pero supongo que fue en la primera película en la que trabajé —fui gerente de producción—. Pisé el set, vi a todo el equipo entregado y pensé: “Tengo que estar al nivel, porque no quiero soltar esto nunca”.
¿Qué obsesión personal sientes que se repite en todo lo que haces?
Me interesan mucho los vínculos familiares. Pase lo que pase, la familia no deja de ser familia, incluso cuando se rompe. También me atraen las primeras y las últimas veces. La primera vez que algo te quiebra y empiezas a definirirte, y las últimas decisiones de vida. Me gusta explorar lo cotidiano más que lo extraordinario. Siento que hay mucha belleza en el día a día.
No todos mis proyectos tienen eso, pero en lo que escribo de manera personal casi siempre aparece.
¿Qué es lo más incómodo —pero necesario— de crear dentro de grandes estructuras?
Te contratan como director o escritor para proyectos que un estudio ya tiene en mente. Entonces intento que, dentro de esos límites, pueda imprimir algo honesto y particular, y volverlo mío… nuestro, para que no se sienta ajeno.
Ya sobre la marcha hay varias voces tomando decisiones que quizá yo no tomaría. Uno va eligiendo sus batallas, entendiendo la estructura en la que está y dando lo mejor de sí.

En comedia, ¿cómo sabes cuándo empujar límites y cuándo contener?
Siempre hay que empujar los límites. Saber hasta dónde podemos llegar, equivocarnos y explorar posibilidades. Ya después ajustas y contienes… hablo del proceso de desarrollo. Al final, cada proyecto y cada género tiene su propio tono.
¿Cuál ha sido la renuncia creativa más difícil?
Me pasa más en escritura y en postproducción. Cuando tienes una escena o un texto que te encanta, pero al final no termina abonando a la pieza completa. Hay que saber qué suma a lo que estás contando, y distinguir qué es berrinche y qué es intuición.
Sobre ¿Cómo se cura un corazón roto?, ¿en qué momento notaste que también te estaba mirando a ti?
Me metí sin saber que estaba entrando. Empecé a grabar por gusto el proceso de creación. Dijimos: “Si ya estamos aquí, vamos a grabarlo todo”. Queríamos hacer un making of y terminó convirtiéndose en algo muy personal. Fue mostrar una parte vulnerable del proceso, cómo fue crear algo desde cero y cómo la parte íntima de todos los involucrados se fue mezclando en el camino.
¿Qué te cuesta más: mostrar emociones propias o dirigir las ajenas?
Creo que no soy tan expresivo, entonces me cuesta más mostrar lo mío.

¿El dolor es un motor creativo sano?
Las dos cosas. El dolor siempre deja factura, pero yo decido si ahogarme con ese dolor o usarlo como motor creativo. Lo ideal es usarlo. Moverse, reconocerlo, atravesarlo… y también saber salir.
¿Cómo mantienes la sensibilidad artística en la publicidad?
Ya elijo mejor los proyectos a los que le entro. Me gustan los que me retan a nivel técnico. A veces tengo más oportunidad de jugar ahí que en ficción. Pero siempre intento que toquen un lado artístico y no sean meramente comerciales.
¿Alguna campaña que haya marcado un antes y un después?
Hubo una campaña de sketches —cuando iniciábamos con Molo— para una marca de lavavajillas. Fue la primera vez que trabajamos con una narrativa y con actores y actrices, no solo modelos. Me emocionó mucho empezar a trabajar desde una relación director–actor. Era otra dinámica y nos divertimos muchísimo.
Sobre tu próximo largometraje, ¿qué emoción te interesa provocar?
Las primeras y las últimas veces. Es la relación entre una abuela y su nieta. Tristeza por lo que ya no está y deseo por lo que viene. La nostalgia involucra muchas emociones.

¿Te preocupa repetirte como creador?
Considero que apenas estoy arrancando mi carrera, así que por ahora quiero seguir creando y arriesgando. Sigo explorando y encontrando mi estilo.
¿Qué le dirías al Salvador que empezaba?
Que no haga nada que no lo cautive. Que siempre busque implicarse en lo que hace y que nada sea “una más”. Y que nunca deje de estudiar.
¿Qué te recuerda por qué vale la pena contar historias?
Trato de no pensar en el resultado. Pienso en el espectador, en cómo va a conectar la historia con quien la mire. Me gusta contar historias que acompañen, que se sientan cercanas y que dejen una pregunta viva.

¿Qué parte de ti aún no está lista para convertirse en obra?
La mayoría. No comparto mucho de mí ni soy tan activo en redes, pero en todo lo que hago se cuelan partes de mi vida. No son autobiográficas, pero las mezclo y se vuelven ficción.
Salvador Suárez crea desde la observación, el silencio y la intuición. Sus historias no buscan respuestas fáciles, sino preguntas que acompañen. En tiempos donde todo parece inmediato, su mirada nos recuerda que también hay belleza —y verdad— en detenerse, mirar lo cotidiano y dejar que las emociones hagan su trabajo.
