Bad Bunny tomó el Super Bowl
El show de medio tiempo del Super Bowl 2026 fue un manifiesto cultural cuidadosamente armado. Uno que habló de identidad, barrio, memoria y resistencia sin pedir permiso ni suavizar el mensaje. Y sí: Bad Bunny no fue a gustar, fue a decir algo.

Desde el primer segundo quedó claro que esto no iba de hits encadenados, sino de narrativa. Abrir con “Tití me preguntó” fue volver al origen: la presión social, las expectativas familiares, el ruido que acompaña crecer en contextos donde soñar grande parece un lujo. No arrancó desde el éxito, arrancó desde la raíz.
Con “Yo perreo sola” el mensaje se expandió: libertad corporal, identidad sin negociación, placer sin culpa. Sin discursos largos, sin explicaciones. El cuerpo como territorio político.
El barrio como escenario (y como sistema)
Nada en el escenario fue decorativo. La casita, el campo abierto, los postes de luz, los negocios improvisados: todo funcionó como un mapa emocional del origen. No del éxito, sino del antes.
El barrio que Bad Bunny puso en el centro del Super Bowl no es el que se romantiza en los videos musicales, es el que se construye desde la precariedad, la creatividad y la resistencia diaria. La casita no representó solo el hogar, sino el punto de partida: el lugar donde se sueña, se sobrevive y se aprende a mirar el mundo.

Dentro de ese espacio aparecieron Karol G y Pedro Pascal, no como celebridades sueltas, sino como parte del mismo ecosistema cultural. Karol G como símbolo del presente del pop latino que ya no pide permiso; Pedro Pascal como el latino que ha entrado a Hollywood sin borrar su acento, su postura política ni su historia migrante. Ambos dentro de la casa, no sobre ella. Como iguales.
El barrio no como nostalgia, sino como postura
Todo el set funcionó como una respuesta directa a la narrativa dominante del “sueño americano”. Aquí no se mostró la llegada al éxito como salvación, sino el origen como identidad que no se abandona.
Bad Bunny no elevó el barrio para volverlo aspiracional; lo puso al centro para decir: esto también es América.
Oro, caña y luz: símbolos de sobrevivencia
Uno de los elementos más potentes fue el negocio de compra y venta de oro. Para muchxs migrantes y comunidades empobrecidas, estos espacios no son metáfora: son realidad. Representan la última opción. Vender lo poco que se tiene —una cadena, un anillo, un recuerdo— para pagar renta, cruzar una frontera, mandar dinero a casa o simplemente comer.
El oro, tradicionalmente símbolo de riqueza, aquí aparece como lo contrario: símbolo de pérdida. De cómo el sistema obliga a convertir la memoria en mercancía. Colocar ese negocio en el escenario del Super Bowl fue un gesto incómodo y profundamente político.
Los campos de caña reforzaron esta narrativa. La caña remite a la historia colonial del Caribe, al trabajo forzado, a la explotación de la tierra y de los cuerpos. No es solo paisaje rural: es memoria histórica. Es el recordatorio de que muchas de las economías latinoamericanas se construyeron sobre monocultivos impuestos y manos invisibilizadas.
Los postes de luz, por su parte, funcionaron como un símbolo silencioso pero poderoso. Representan la infraestructura mínima, la luz que no siempre llega, los barrios que existen a medias para el Estado pero completos para quienes los habitan. También evocan los espacios donde ocurre la vida nocturna: el baile improvisado, el encuentro, el escape. Que lxs bailarines usaran estos postes para bailar y sostenerse fue una imagen clara: la comunidad crea belleza incluso con lo poco que tiene.
Bailar entre hombres, bailar sin permiso
La presencia de bailarines hombres bailando entre ellos no fue provocación gratuita. Fue normalización. Fue ternura. Fue resistencia. En un escenario históricamente conservador como el Super Bowl, esos cuerpos bailando juntos sin caricatura ni exageración dijeron más que cualquier discurso.
No hubo explicación, porque no la necesitaba.
Ricky Martin: el puente que no se rompe
Uno de los momentos más potentes llegó con Ricky Martin interpretando “Lo que le pasó a Hawái”. Y aquí vale detenerse.
Ricky ya había estado en el Super Bowl en 2001, en uno de los halftime shows más vistos de la historia. En ese momento, el pop latino apenas empezaba a ser aceptado en Estados Unidos, siempre y cuando fuera festivo, digerible y políticamente neutro. Mucha energía, poco conflicto.
Volver 25 años después, ahora invitado por Bad Bunny, cambia todo. Ya no es el latino “exportable”. Es un hombre abiertamente gay, puertorriqueño y consciente del peso político de su voz. Y la canción que canta no es casual: “Lo que le pasó a Hawái” habla de territorios colonizados, de identidades diluidas, de paraísos vendidos mientras su gente pierde control sobre su tierra.

Aquí pasó algo histórico: dos generaciones de hombres latinos compartiendo escenario en el evento más visto de Estados Unidos. Uno abrió el camino cuando no había lenguaje para hablar de diversidad sin miedo; el otro lo ocupa sin pedir permiso. No es relevo, es continuidad.
Ricky no representó el pasado, representó la resistencia que permitió que hoy Bad Bunny pudiera existir tal como es. Y que lo hiciera cantando sobre colonización y pérdida, y no un hit festivo, fue una declaración clara: la visibilidad ya no necesita ser cómoda.
Después, “El Apagón” terminó de cerrar la idea. Sin metáforas rebuscadas. Sin filtros.
La boda, Lady Gaga y lo colectivo
La escena de la boda fue puro realismo latino: pastel, música, niñxs dormidxs en las sillas, familia bailando sin coreografía perfecta. Y justo ahí apareció Lady Gaga, interpretando “Die With a Smile” en versión salsa.
La participación de Lady Gaga fue uno de los gestos más inteligentes y menos obvios del show. No llegó como “la estrella pop invitada” ni como contraste anglo frente a lo latino. Llegó como aliada consciente, alguien que entiende lo que significa habitar la diferencia dentro de una industria que exige máscaras constantes.

Que su aparición ocurriera durante la escena de la boda no fue casual. La boda, dentro de la narrativa del show, representó comunidad, familia extendida, celebración imperfecta y resistencia cotidiana. No fue una boda glamorosa, fue una boda real: ruidosa, caótica, llena de vida. Y ahí, justo ahí, Gaga se integró.
La elección de “Die With a Smile” en versión salsa transformó por completo el significado de la canción. En su forma original, es una reflexión íntima sobre el amor y la finitud. En clave salsa, se convirtió en algo colectivo: una canción que acepta el dolor pero decide bailarlo. Esa es una lógica profundamente latina. No negar la herida, sino mover el cuerpo a pesar de ella.
Y aquí está lo importante: Gaga no impuso su lenguaje. Se adaptó al ritmo, al contexto y al ritual. No cantó desde el centro, cantó desde adentro. Eso la colocó no como protagonista, sino como parte de la comunidad que Bad Bunny estaba representando.
Gaga, Bad Bunny y las identidades incómodas
La conexión entre Lady Gaga y Bad Bunny va más allá de lo musical. Ambos han construido carreras desde identidades que incomodan: cuerpos no normativos, discursos que desafían al poder, posturas claras frente a temas sociales y políticos. Gaga ha sido, por años, una figura clave para la comunidad LGBTQ+, no solo desde el discurso, sino desde la acción y la estética.

Su presencia en este show, dentro de una boda latina, cantando salsa, rodeada de comunidad, funciona como un mensaje claro: las luchas no están aisladas. La defensa de la diversidad sexual, la identidad cultural y la libertad de amar sin miedo se cruzan, se sostienen y se amplifican.
No es menor que Gaga aparezca en un show que repite el mensaje:
“Baila sin miedo, ama sin miedo”
Ella encarna esa frase desde hace décadas.
Un gesto político sin necesidad de consignas
En un contexto estadounidense marcado por discursos conservadores, políticas anti inmigrantes y ataques constantes a los derechos de las disidencias, la presencia de Lady Gaga dentro de este ritual latino fue, en sí misma, un acto político.
No hubo bandera explícita.
No hubo discurso directo.
Hubo algo más potente: normalización.
Una artista anglo, aliada histórica de la comunidad LGBTQ+, eligiendo no liderar sino acompañar, no traducir sino aprender el ritmo, no destacar sino integrarse. Eso, en el escenario más visto del país, es una declaración clara de hacia dónde puede —y debería— moverse la cultura pop global.
No fue un featuring, fue un pacto
Lady Gaga no fue un adorno ni una sorpresa para subir rating. Fue un pacto simbólico entre comunidades que han sido históricamente marginadas, patologizadas o explotadas por la industria del entretenimiento.
Y en ese gesto, silencioso pero firme, el show de Bad Bunny terminó de consolidarse no solo como espectáculo, sino como acto cultural con memoria, cuerpo y postura.
El niño, el premio y el círculo que se cierra
Uno de los momentos más silenciosos —y más potentes— del show fue la escena del niño viendo la entrega de los Grammy’s. En pantalla, Bad Bunny recibe el premio y, en lugar de quedárselo, se lo entrega al niño. El gesto es breve, pero profundamente cargado de significado.
Muchxs en redes identificaron a ese niño como Liam Ramos, un menor que fue arrestado recientemente por ICE junto a su padre, en un caso que generó indignación pública y reavivó el debate sobre las políticas migratorias en Estados Unidos. No existe confirmación oficial de que el niño en el show sea Liam específicamente, y ese matiz es importante decirlo con claridad.

Pero también es importante entender algo: el símbolo funciona incluso sin literalidad.
Bad Bunny ya se había pronunciado abiertamente contra ICE en la entrega de los Grammy’s, y el caso de Liam estaba todavía fresco en la conversación pública. En ese contexto, la imagen de un niño —migrante, latino, vulnerable— recibiendo el máximo reconocimiento de la industria musical no se puede leer como inocente ni casual.
Leído así, el momento funciona como respuesta directa: si fue criticado por usar su plataforma para denunciar a ICE, entonces esa plataforma —y ese premio— se colocan en manos de quien ha vivido esa violencia en carne propia.

El momento también puede entenderse como un diálogo con el niño interno de Benito: el niño que soñaba desde el barrio, desde la precariedad, desde un lugar donde el éxito no estaba garantizado. Pero al cruzarse con el contexto migrante actual, la escena se expande. Ya no habla solo de pasado personal, sino de presente colectivo.
En un país donde las políticas migratorias han convertido a la niñez en daño colateral, poner a un niño en el centro del escenario más visto del mundo —no como víctima, sino como receptor de dignidad— es un gesto profundamente político, aunque no venga acompañado de un discurso explícito.
El círculo no se cierra con aplausos.
Se cierra con memoria, empatía y responsabilidad.
Un show inevitablemente político
Todo esto ocurrió en un contexto claro: políticas anti inmigrantes, discursos de exclusión, tensiones constantes sobre qué cuerpos “pertenecen” a Estados Unidos. Bad Bunny ya había sido criticado por pronunciarse contra ICE en entregas anteriores.
Por eso frases como:
“Baila sin miedo, ama sin miedo”
o cuando nombra países y remata con:
“y mi patria, Puerto Rico”
no son adornos. Son postura.
El balón con la frase “Together we are América” lo dejó claro: América como continente, no como frontera.

Benito, solo en medio del campo, sosteniendo la bandera de Puerto Rico.
No como espectáculo.
Como identidad.
Como responsabilidad.
Entonces, ¿qué fue este show?
El show de medio tiempo del Super Bowl 2026 fue:
Un manifiesto cultural sin gritar. Un retrato del barrio sin romantizarlo. Una conversación entre generaciones latinas y queer Una redefinición de lo que significa “América”
Bad Bunny no fue a conquistar el Super Bowl.
Fue a poner a su gente en el centro sin suavizarla.
Y eso, definitivamente, ya es historia.
