Quinquela: de la Boca a tu boca. Un tributo a los bares de barrio de Buenos Aires, Madrid y Roma llega a a la Roma
Hay lugares que no se visitan… se viven.
Y luego está Quinquela CDMX, que directamente se siente como entrar a otra historia.
Una donde hay ruido, copas chocando, platos al centro y ese mood de sobremesa que se alarga sin culpa.
Quinquela CDMX: un bistró con memoria (y mucho carácter)
Primero fue Gardela. Ahora, los hermanos Sebastián Jance y Ezequiel Jance suben la apuesta con un nuevo proyecto que no solo habla de comida… habla de herencia.
Además, Quinquela CDMX nace desde algo más profundo: recetas que cruzan generaciones, historias familiares que se cocinan lento y una obsesión clara por el producto bien hecho.
Aquí no hay pretensión. Hay oficio.
Quinquela CDMX: un viaje directo a La Boca sin salir de la Roma
Ahora bien, el concepto no se queda en lo gastronómico. El lugar es un guiño directo a La Boca, ese barrio portuario donde todo es color, mezcla cultural y energía constante.
Inspirado en el universo visual de Benito Quinquela Martín, el espacio se construye entre referencias a migración, tradición y caos bonito.
Por otro lado, la cocina sigue esa misma lógica: ingredientes que viajan, técnicas precisas y platos que no buscan reinventar todo… sino hacerlo bien. Muy bien.
Aceite de oliva del Mediterráneo, prosciutto italiano, pescados frescos y pasta hecha con esa paciencia que ya casi no existe.

La mesa como ritual
En realidad, lo que define a Quinquela CDMX no está solo en el menú.
Está en la experiencia.
Mesas largas. Risas que se escapan. Copas que nunca están vacías.
Ese momento donde el tiempo baja de ritmo y todo gira alrededor de compartir.
Además, hay algo casi romántico en su filosofía: probar una receta una y otra vez hasta que se acerque —aunque sea un poco— a la perfección.
Sin prisa. Sin shortcuts.
Donde la comida también cuenta historias
Porque sí, puedes ir por la comida.
Pero te quedas por lo que pasa alrededor.
Quinquela no es solo un restaurante nuevo en la Roma. Es ese lugar donde el pasado se sirve en platos actuales, donde la tradición se siente viva y donde cada detalle —desde el vino hasta la conversación— importa.
Y en una ciudad que nunca se detiene, eso ya es un lujo.
