Visibilidad sin garantías: la deuda pendiente con las personas trans y no binarias
En el Día Internacional de la Visibilidad No Binaria, organizaciones trans denuncian la distancia entre los discursos institucionales de inclusión y las experiencias de violencia que, aseguran, continúan enfrentando al exigir el reconocimiento pleno de sus derechos. El desalojo del plantón instalado frente a la Secretaría de Gobernación se convirtió en un símbolo de esa contradicción.
Por: El Poderoso Dave, basado en la crónica de Artemisa.
Fotos: Kendall
Cada 14 de julio se conmemora el Día Internacional de la Visibilidad No Binaria, una fecha dedicada a reconocer la existencia, dignidad y derechos de las personas cuya identidad de género no se limita al binario hombre-mujer.

Sin embargo, para colectivas y organizaciones trans en México, esta fecha representa también una oportunidad para cuestionar una deuda histórica: ¿qué significa ser visible cuando el acceso a derechos continúa acompañado de barreras, violencia y falta de diálogo institucional?
Esa pregunta tomó fuerza después del 23 de junio, cuando integrantes de la Toma Pacífica Trans y No Binarie denunciaron haber sido víctimas de un operativo durante una protesta frente a la Secretaría de Gobernación (SEGOB). La movilización buscaba obtener una respuesta institucional a la solicitud de una reunión para discutir el avance de la Ley Integral Trans, una iniciativa que, de acuerdo con las organizaciones participantes, busca garantizar derechos relacionados con identidad, salud, educación, trabajo, vivienda y protección frente a la discriminación.
La activista Artemisa, participante en la movilización, reconstruyó una jornada que, según su testimonio, pasó de la expectativa de diálogo a un escenario de miedo, lesiones y preocupación por la seguridad de sus compañeras.
“Lo que más permanece no son únicamente las heridas físicas; es el miedo constante a que algo similar o peor pueda ocurrirle a las compañeras que siguen sosteniendo el plantón.”
La tarde en que el diálogo se rompió
De acuerdo con Artemisa, aquella jornada comenzó como muchas otras dentro del plantón: con guardias organizadas, compañeras descansando tras pasar la noche en vigilancia y una comunidad sosteniendo una protesta pacífica con recursos limitados.
“Éramos pocas, apenas siete u ocho personas. Dos habíamos pasado la noche en guardia y solo yo llevaba más de 24 horas sin dormir.”

La acción consistía en realizar una toma temporal de los accesos de la Secretaría de Gobernación hasta recibir una respuesta oficial a la solicitud de reunión entregada previamente.
Artemisa fue asignada a uno de los accesos del estacionamiento ubicado sobre la calle Atenas. Durante las primeras horas, relata, la situación permaneció estable; sin embargo, conforme avanzó la tarde comenzó a aumentar la presencia de elementos de seguridad, funcionarios y personal al interior del inmueble.
La activista asegura que la tensión creció hasta que elementos de seguridad comenzaron a abrir uno de los accesos que las manifestantes resguardaban.
“Pensé que, si intentaban abrir la puerta, haríamos lo mismo que el día anterior: pegarnos a la reja y resistir con el cuerpo.”
Según su testimonio, lo que comenzó como un intento de sostener la protesta mediante la presencia física derivó en un forcejeo con elementos de seguridad. Artemisa relata haber recibido golpes y haber resultado lesionada mientras intentaba permanecer sujetada a la estructura metálica.

“Mientras intentaba pegarme lo más posible a las pestañas del portón, con el pulgar de mi mano derecha intentaba desbloquear mi teléfono. Fue inútil.”
Durante esos momentos, explica, una de sus principales preocupaciones era proteger la información contenida en su celular, debido a que incluía contactos y mensajes relacionados con la organización del plantón.
“Los mensajes, los contactos, no pueden quedarse con esa información.”
Artemisa relata que el enfrentamiento generó un momento de confusión y miedo en el que llegó a pensar que no podría salir del lugar.
“Me van a matar aquí, tengo que soltarme.”
Tras el forcejeo, la activista fue auxiliada por sus compañeras y trasladada para recibir atención médica. De acuerdo con su testimonio, presentó heridas en la cabeza, golpes en distintas partes del cuerpo, lesiones en muñecas, espalda y hombro, además de consecuencias emocionales derivadas de la experiencia.
La contradicción entre visibilidad y derechos
Para las organizaciones trans, lo ocurrido frente a SEGOB no puede analizarse como un episodio aislado, sino como parte de una discusión más amplia sobre la diferencia entre reconocimiento simbólico y garantías reales.
El episodio ocurrió durante un periodo en el que distintas instituciones públicas realizaron actividades relacionadas con el Mes del Orgullo, incluyendo mensajes de inclusión y representación de la comunidad LGBTTTIQ+.
Entre estas acciones destacó la participación de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México con un carro alegórico dentro de una marcha del Orgullo, presentado como una muestra de compromiso institucional con la diversidad.

Para activistas trans, la pregunta permanece: ¿cómo conviven estos mensajes de inclusión con las denuncias de personas que aseguran haber sido agredidas mientras exigían derechos mediante una protesta?
La discusión también alcanzó otros temas tras el retiro del plantón, como los daños reportados en elementos del mobiliario urbano cercano a la estación Hidalgo del Metro. Mientras algunas voces centraron el debate en las afectaciones materiales, las colectivas sostienen que la conversación principal debe enfocarse en las denuncias de violencia, el derecho a manifestarse y la necesidad de abrir canales efectivos de diálogo.
Porque para quienes participaron en la protesta, el objetivo nunca fue únicamente ocupar un espacio público.
Fue exigir condiciones que permitan vivir con igualdad y seguridad.
Una Ley Integral Trans más allá del reconocimiento
Para las organizaciones participantes, la Ley Integral Trans representa una demanda que va más allá del reconocimiento simbólico.
La exigencia contempla avanzar hacia condiciones que permitan a las personas trans y no binarias ejercer plenamente sus derechos, desde la identidad legal hasta el acceso a salud, educación, empleo y protección frente a la violencia.

La visibilidad, sostienen las colectivas, no puede limitarse a campañas, discursos o celebraciones temporales.
Debe traducirse en políticas públicas y garantías permanentes.
Porque una persona puede aparecer representada en un espacio institucional y, al mismo tiempo, continuar enfrentando barreras estructurales en su vida cotidiana.
Esa es la disonancia que atraviesa el testimonio de Artemisa.
“Mientras tanto, nosotrxs, las personas trans y no binaries, esperamos sentadas en la calle a que, para empezar, haya disposición para aprobar la Ley Integral Trans.”
Una conversación que cruza fronteras
La situación de las personas trans y no binarias forma parte de una conversación global sobre derechos humanos, igualdad y seguridad.
En distintos países, organizaciones han señalado que las comunidades trans continúan enfrentando discriminación, violencia y obstáculos para acceder a derechos básicos, mientras otros territorios avanzan en la creación de nuevas protecciones legales.

El debate internacional refleja una realidad compleja: la visibilidad ha aumentado, pero la garantía plena de derechos continúa siendo una tarea pendiente.
La identidad de una persona, sostienen activistas, no debería convertirse en una razón para limitar su acceso a una vida digna.
La memoria de una jornada que permanece
Días después de la protesta, Artemisa revisó los objetos que había llevado consigo durante el plantón.
La mayoría permanecían intactos.
Excepto uno.
El libro que la acompañó durante las horas de guardia: Actos humanos, de Han Kang.
El ejemplar estaba doblado y marcado por lo ocurrido.

Para Artemisa, aquella imagen se convirtió en una metáfora de la experiencia vivida: una obra sobre memoria, violencia y las consecuencias humanas de la represión terminó formando parte de su propia historia.
Más allá de las heridas físicas, permaneció una pregunta.
Una pregunta que atraviesa el Día Internacional de la Visibilidad No Binaria y que continúa abierta:
¿Qué significa ser visible si todavía hace falta luchar para ser reconocido?
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